La identificación y el tratamiento en una etapa temprana de la depresión posparto pueden limitar o evitar los efectos nocivos

 

Las modificaciones epigenéticas, que alteran la forma en que funcionan los genes sin modificar la secuencia del ADN subyacente, al parecer se pueden detectar en la sangre de mujeres embarazadas durante cualquier trimestre, lo cual puede representar un método sencillo para prever la depresión en las semanas subsiguientes al parto y brindar la oportunidad para aplicar medidas antes que los síntomas se vuelvan perjudiciales. 

Los hallazgos del estudio a pequeña escala en que participaron 52 mujeres embarazadas se describen en la versión en línea de Molecular Psychiatry.
 
«La depresión posparto puede ser nociva tanto para la madre como para el niño», dijo el director del estudio Zachary Kaminsky, Ph.D., profesor asistente de psiquiatría y ciencias de la conducta de la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. «Sin embargo, no contamos con un método fiable de identificar el trastorno antes que produzca daño y una prueba como ésta podría ser la solución». 

No se han aclarado las causas de la depresión posparto, un estado caracterizado por sentimientos persistentes de tristeza, desesperanza, agotamiento y ansiedad que comienza en las primeras cuatro semanas después del parto y que puede durar semanas, varios meses o hasta un año. Se estima que 10% a 18% de todas las nuevas madres presentan el trastorno y la tasa aumenta a 30%-35% en las mujeres con trastornos afectivos previamente diagnosticados. Los científicos por mucho tiempo habían considerado que los síntomas estaban relacionados con una gran disminución de las concentraciones de estrógenos de la madre después del parto, pero los estudios han demostrado que tanto las mujeres deprimidas como las no deprimidas tienen concentraciones de estrógeno similares. 

Al estudiar ratones, los investigadores de la Universidad Johns Hopkins sospecharon que los estrógenos inducían a cambios epigenéticos en las células del hipocampo, una zona del cerebro que regula el estado de ánimo. Kaminsky y su equipo crearon luego un modelo estadístico complicado para identificar los genes putativos que más probablemente experimentan estos cambios epigenéticos y que podrían ser posibles indicadores de la depresión posparto. Este proceso dio origen a la identificación de dos genes conocidos como TTC9B y HP1BP3, sobre los cuales se conoce poco excepto por su participación en la actividad del hipocampo. 

Kaminsky dice que los genes en cuestión pueden tener algo que ver con la creación de nuevas células en el hipocampo y la capacidad del cerebro para reorganizarse y adaptarse ante nuevos entornos ―dos elementos importantes en el estado de ánimo―. De alguna manera, dice, los estrógenos pueden comportarse como un antidepresivo, de manera que cuando son inhibidos, afectan de manera adversa el estado de ánimo. 

  Los investigadores más tarde confirmaron sus hallazgos en seres humanos al analizar cambios epigenéticos para millares de genes en muestras sanguíneas de 52 mujeres embarazadas con trastornos del estado de ánimo. La Dra. Jennifer L. Payne, directora del Centro de Trastornos Afectivos de las Mujeres Johns Hopkins reunió las muestras de sangre. Se efectuó seguimiento a las mujeres durante y después del embarazo para determinar quiénes presentaban depresión puerperal. 

Los investigadores observaron que las mujeres que presentaban depresión posparto mostraban cambios epigenéticos más sólidos en los genes que son más reactivos a los estrógenos, lo que indica que estas mujeres son más sensibles a los efectos de estas hormonas. En concreto, dos genes se correlacionaron en mayor grado con la presentación de la depresión posparto. TTC9B y HP1BP3 pronosticaron con una certeza de 85% cuáles mujeres presentarían depresión. 
«Nos sorprendió bastante el alto grado en ue los genes se correlacionaban con la depresión posparto», dice Kaminsky. «A medida que se hagan más investigaciones esta podría resultar una herramienta potente». 

Kaminsky afirma que el siguiente paso en la investigación sería obtener muestras de sangre de un grupo más extenso de mujeres embarazadas y efectuar seguimiento por un periodo más prolongado. También dice que sería útil analizar si los mismos cambios epigenéticos se presentan en la descendencia de mujeres que presentan depresión posparto. 
Los datos parecen indicar que la identificación temprana y el tratamiento de la depresión posparto pueden limitar o evitar los efectos debilitantes. El alertar a las mujeres con respecto a los factores de riesgo para el trastorno ―y determinar también si han tenido un antecedente del trastorno, otra enfermedad mental y un estrés inusual― es clave para evitar los problemas a largo plazo. 

  La investigación también muestra, dice Kaminsky, que la depresión posparto no sólo afecta a la salud y la seguridad de la madre, sino también la salud mental, física y conductual del niño.     

Kaminsky dice que si se aplica este trabajo preliminar, espera que una prueba sanguínea de biomarcadores epigenéticos se pueda añadir a la batería de estudios que se realizan a las mujeres durante el embarazo y proporcione información para la toma de decisiones en torno al empleo de antidepresivos durante el embarazo. Dice que hay inquietudes respecto a los efectos de estos fármacos en el feto y su uso debe ponderarse tomando en cuenta las consecuencias potencialmente perjudiciales de administrarlos, tanto para la madre como para el niño. 

«Si se supiese de antemano que una paciente va a presentar depresión posparto, se podrían tomar decisiones más claras en torno al manejo de su at ención médica», dice.