Claves para influir en tu actitud

Por María Eugenia Castagnino 




No vivimos en un mundo perfecto ni somos perfectas. Y si te animás a asomarte a tus ilusiones de la adolescencia -esas que fantaseaban con que a los 30 años ya ibas a tener una carrera exitosa, una familia constituida o una vuelta por el mundo ya realizada-, probablemente descubras que muchos de esos proyectos todavía están en veremos. Quizá ni siquiera tengas en claro cuál es tu verdadera vocación. O estés recién tratando de convencer a tu pareja para irse a vivir juntos. ¿Conclusión? La ilusión tiene un 'buen lejos', brilloso e ideal. Como ese tipo que viene caminando a una cuadra, justo por la misma vereda que vos. '¡Guau, qué divino!', pensás mientras te vas arreglando para el momento exacto en que se crucen. Pero ¿qué pasa con las cosas que a lo lejos se ven taaan lindas? Puede ser que al acercarnos y familiarizarnos con ellas, la realidad se encargue de desilusionarnos y demostrarnos que nada era tan luminoso y perfecto. Nuestro cerebro es el primero en quitar todos esos brillos cuando la ilusión dejó de ser ilusión y pasó a ser algo concreto. El chico llega caminando hasta donde estás vos y.... no, ¡no era lindo!

Con nuestros logros pasa algo parecido: imaginamos, deseamos y nos ilusionamos, pero la realidad que vivimos puede no coincidir con eso.Hay infinitas variables sobre las que -sencillamente- no podemos tener el control. Pero hete aquí la buena noticia: existe algo sobre lo que sí podemos influir: nuestra actitud frente a eso.

• ¿Cómo funciona?

¿Es lo mismo perder un trabajo y enseguida sentir que el mundo se cierra ante nosotros y nos descarta que vivenciar ese hecho como la oportunidad concreta de buscar otros horizontes y crecer profesionalmente? ¿Es lo mismo conocer a un hombre que te encanta y decidir internamente que ni vale la pena mirarlo porque 'jamás se va a fijar en vos' que llenarte de confianza e intentar entablar una conversación con él? Lo que sucede en la realidad -la pérdida del trabajo, conocer a una persona- es lo mismo, pero lo que cambia es la actitud. La actitud es esa forma de actuar -personal e intransferible- que nos puede ayudar a procesar, con confianza, lo que nos toca vivir. No se consigue de un día para el otro: requiere tiempo y un diálogo fluido con vos misma y con las cosas que vas consiguiendo.Seguramente tus logros del año pasado hayan puesto en marcha otros desafíos para este o incluso despertado la necesidad de recalibrar permanentemente aquellos deseos del origen. El tema es qué hacemos cuando las cosas no salen del todo bien o quedamos agotadas por el esfuerzo y el cansancio. Es, entonces, la actitud la que tiene que venir a rescatarnos cuando aparece el desánimo -¡nadie zafa de esta sensación!- y que puede programarnos para confiar en que es una emoción transitoria y que seguramente mañana podamos volver a encontrar el rumbo para seguir luchando. Te proponemos, entonces, que decidas con qué actitud querés vivir, porque la felicidad es una elección diaria y lleva un proceso de aprendizaje cotidiano. Existen miles que pueden adaptarse a vos: actitud de pedir ayuda, actitud positiva, actitud realista, actitud de trinchera, actitud luchadora, disfrutadora, ganadora, humilde.... ¡y la lista sigue con lo que a vos mejor te quede! Mientras que hay otras actitudes antifelicidad, que dañan nuestra salud y que es mejor perderlas: la de víctima, la de 'no-puedo-hacer-nada' y la egocéntrica, que cree que todo el mundo gira alrededor de sí misma. Invertí en tu actitud. Observala y cuidala. Vale la pena.

• La receta para lograrla

OK, pero.... ¿por dónde empezamos? ¿Hay alguna clave para tener más actitud? ¿O para cambiarla? Primero, es importante saber que la receta no es única ni funciona siempre, sino que está anclada en un estricto presente, al que debemos prestarle una atención consciente. También es importante que nuestra actitud de hoy se nutra de cierta celebración del pasado -el reconocimiento de los frutos obtenidos ayer o antes de ayer en tu historia personal- y que promueva la confianza en el futuro. Pero, en líneas generales, podríamos resumirla en cuatro componentes imprescindibles:

1. Ganas:

no es fácil encarar proyectos o deseos sin el motor que viene desde lo más profundo de nosotras mismas. Las ganas alimentan la actitud y nutren ese 'yo puedo hacerlo'. Tiene que ver con elegir cosas que estén en consonancia con vos y con aquello que te gusta. Es mucho más difícil ponerles actitud a las cosas que rechazamos o que no nos despiertan interés. Pero el problema puede ser que a veces el escenario que se nos plantea no tiene nada que ver con nuestras inquietudes. En tal caso., ¡ponele también actitud!, la actitud del 'no me va a derrotar esta dificultad'. Las cosas resultarán, al menos, más llevaderas.

2. Acción:

es la clave para que una actitud positiva no se quede sólo en las ganas o las promesas de que algún día haremos las cosas. Confiar en nosotras es la única forma de depositar un halo de seriedad en nuestros proyectos. Y así nuestro 'organizador' de recursos inconsciente nos va a adjudicar la fuerza y la confianza para seguir con el proyecto. Si no hacemos, entonces no creemos, nos quedamos pegadas en esa imposibilidad y no generamos las ganas ni la tenacidad que pueden hacer que se concreten. La acción chiquitita, casi microscópica, del día a día es la que nos va acercando paulatinamente al logro. En eso se basa la actitud proactiva: en mantenerse activos y despiertos para ir celebrando los avances cotidianos. Al finalizar cada jornada, vale preguntarse: ¿qué hice hoy para concretar lo que quiero en mi vida?

3. Optimismo:

sabemos que la vida es complejidad, cambio, fallas. La realidad, muchas veces, tiene más que ver con el 'shit happens' que con la 'vida color de rosa'. Nuestra mente, siempre temerosa de cualquier cambio -por más deseado que sea-, va a tratar de boicotearnos los planes. En cuanto intentemos algo nuevo o nos propongamos disfrutar de aquello que nos merecemos, va a empezar con la cháchara de siempre. Es probable que frasecitas del tipo 'no vale la pena', 'no vas a poder', 'estás perdiendo el tiempo con eso...' se instalen en tu cabeza y amenacen con arruinarlo todo. No dejes que suceda. Ahuyentalas con un 'yo puedo hacer esto que me gusta' o con una caminata por el barrio para airear tu mente.

4. Organización:

la actitud también necesita ciertos límites que la enmarquen en un contexto de realidad. Los desafíos tienen que estar siempre en relación con los recursos que tenés, porque si te planteás metas demasiado lejanas o grandes, podés caer en la desesperanza o la ansiedad fácilmente. Por otro lado, si te inventás situaciones demasiado chiquitas, se diluye la motivación para conseguirlas. Tenemos que buscar, forzosamente, un equilibrio. Una de las claves es plantearse proyectos realistas que puedan ser llevados a cabo con una organización eficiente. Quizás esté bueno pensar el futuro en dos tiempos: delimitando cuál es el objetivo a largo plazo -futuro lejano- y cuáles son los pasos intermedios que podés planear hoy para lograrlo -futuro cercano-. Si querés irte a convivir con tu chico a la semana de haberlo conocido, pretendés un ascenso laboral al mes de haber empezado un nuevo trabajo o querés bajar esos 3 kilos que trajiste de las vacaciones en una semana, probablemente te estés sobreexigiendo desde el principio y gastes inútilmente esa energía que puede estar enfocada en otros logros.

Lo que a nuestra mente le hace bien es, justamente, desear algo, sentir que puede tener eso que desea -de eso se encarga nuestra actitud proactiva- y, una vez conseguido el logro, relajarse y disfrutarlo por un rato. La naturaleza de este deseo también es importante: es conveniente desear desde lo que ya tenés -o sea, tu poder personal- y no desde la carencia y la falta. ¿Por qué es importante tener esto presente? Porque cada vez que se pone en marcha este proceso mental y nos enfrentamos a desafíos nuevos, el cerebro pareciera olvidar sus conquistas anteriores, y nos quita esa sensación de riqueza y disfrute. La conciencia del poder personal y del control sobre nuestra actitud hacia la vida nos permite estar en contacto permanente con nuestras habilidades y sacar el mayor provecho de ellas.

• Saber lo qué querés

La actitud no es otra cosa que la expresión externa de aquello que está sucediendo dentro de cada una de nosotras. Deseo y acción van de la mano para articular el 'adentro' -lo que pensamos y sentimos- con el 'afuera' -lo que efectivamente hacemos y los cambios que provocamos en nuestra realidad y en la relación con los otros-. Podemos tener las mejores intenciones del mundo y haber llenado cuadernos enteros con una lista infinita de deseos y de 'voy a hacer tal o cual cosa', pero sin pequeñas acciones que sostengan esa actitud, podemos caer en un estado ilusorio. No alcanza con decir, sino que tenemos que poner en movimiento esas palabras para adquirir credibilidad -hacia nosotras mismas y hacia los demás-, generar confianza y sentido de realidad. La única forma de que nuestro cerebro 'se la crea' es que invirtamos algo costoso que convalide ese proyecto y que le asegure que no se trata de otro más de sus tantos 'bla bla bla'. Una pequeña acción real y concreta direccionada hacia el deseo es esa especie de 'seña' con la que le estamos diciendo a nuestra mente: 'Tranquila, que esta vez lo voy a cumplir'. Y esto entabla una relación directa con los recursos que vamos a ir generando para ejecutarla y con la actitud con que vamos a encarar esos logros importantes.

La actitud tiene sus raíces profundas en cierta evaluación interna de nuestras propias capacidades y habilidades -¡arriba esa autoestima!-, para luego proyectar eso hacia fuera y atraer aquello que deseamos. Trasladalo a cualquier ámbito de la vida cotidiana: por ejemplo, una cosa es encarar una dieta porque queremos vernos mejor o estamos buscando un cambio de imagen; otra muy distinta es creer que gracias a esa dieta nuestra pareja nos va a querer más o vamos a lograr la aceptación de los otros. ¿Qué cambió? En el primer caso, el poder es tuyo, mientras que, en el segundo, estás delegando tu poder hacia los demás. Como alguna vez dijo Fito Páez en su canción: 'Es sólo una cuestión de actitud'. Y tiene mucha razón.

• Atención: actitud no es éxito

'Pero ¿qué es lo que pasa? Si le pongo toda la actitud, y aun así las cosas no resultan como yo quiero...' ¿Podemos tener actitud y no lograr nada? ¡Claro que sí! Éste quizá sea uno de los equívocos más grandes: creer que con una actitud positiva nos basta para conseguir aquello que queremos. El éxito no es proporcional al modo de encarar un desafío. Quizá lo más saludable sea usar esa ilusión de éxito como un gran motivador que te permita ir actuando progresivamente e ir evaluando que sos capaz de hacerlo. Eso genera confianza y autoestima, dos pilares fundamentales para que la actitud no decaiga ni se diluya frente a la falta de ganas, el cansancio o los posibles fracasos. ¿Y si de todas formas las cosas no funcionan y los proyectos fallan? ¿Y si la vida -una vez más- te desilusiona? Volvemos al principio: ¿qué actitud pensás tomar ante eso? Acordate: lo mejor de todo esto es que vos podés elegirla.

Fuente: http://www.revistaohlala.com/ - Vida Positiva