Ser tolerante, una misión posible




Nunca es tarde para ejercer la tolerancia. No se será más débil, no se claudicarán valores o creencias…




Eugenia Plano

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Ser tolerante no es ser débil sino ser lo suficientemente fuerte y estar lo suficientemente seguro de las propias elecciones como para convivir sin escándalo ni sobresalto con lo diverso', así el gran filósofo español Fernando Savater, define como uno de los lugares comunes une al ser tolerante con ser blando o inseguro.

La realidad demuestra lo contrario, no hay nada más fácil que ser intolerante. Si se tiene este rasgo de personalidad, no será necesario argumentar, racionalizar o expresar discursivamente una idea; sólo basta con vociferar, elevar el tono más que el otro o desacreditar otra voz con justificaciones personales.

En una sociedad posmoderna, a la que a veces le cuesta levantar la mirada del ombligo, la intolerancia puede estar a la orden del día. En este sentido, las instituciones muchas veces lejos de dar ejemplo, dan cuenta de una tendencia social que refleja la ausencia de pluralismo. Por ejemplo, tenemos una clase política que muchas veces no sabe que camino tomar para justificar sus propias medidas o dar argumentos legítimos para oponerse a quien piensa distinto.

Una consecuencia de esta tendencia, es el rechazo pleno de muchos funcionarios del Estado o líderes partidarios de debatir en campaña. El intercambio de ideas y propuestas, dejaría al desnudo la ausencia de las mismas o bien, si no se tiene una respuesta sólida, ante la inquietud de un oponente, podría quedar en claro cómo la intolerancia y la ofuscación son la vía más rápida para no contestar.

Para ejercer la tolerancia es fundamental el reconocimiento de un otro. Quizá el mayor dilema de la posmodernidad, es la exaltación del sí mismo y la presencia fantasmal de un semejante. En este sentido, las ideas, las posturas, creencias o acciones de un interlocutor muchas veces son ignoradas, malinterpretadas o no tomadas en cuenta, y quizá éste sea un síntoma de un narcisismo social, que acarrea una consecuencia más nociva que la intolerancia, la indiferencia.

En la 'Era del Vacío', el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, ubica a la época posmoderna a mediados del siglo XX y la define como el momento del pos-deber, se abandona el deber absoluto para asumir una ética que proclama el derecho individual como prioridad. La felicidad autónoma y la realización personal son la bandera del sujeto posmoderno. Entonces, ¿cómo incide un otro distinto en la biografía de un individuo? ¿Es aceptado, rechazado o ignorado? Un ética individualista tendería a un compromiso a medias con el otro. Lipovetsky señala que en la era de lo efímero, el otro es aceptado mientras no perjudique la vida individual.

La labor de ser tolerante implica no ser indiferente, dar cuenta del reconocimiento de otro individuo como un par legítimo, que aunque no sea idéntico al sí mismo, es válido y real. El ejercicio del pluralismo, es una de las experiencias más enriquecedoras que puede experimentar un individuo y una sociedad. El ejercicio de escuchar, reflexionar y luego emitir una opinión o emprender una acción, será más valioso si al compartir o disentir, nos enriquecemos del otro.

'La tolerancia no es mera indiferencia sino que implica en muchas ocasiones soportar lo que nos disgusta: por supuesto, ser tolerante no impide formular críticas razonadas ni obliga a silenciar nuestra forma de pensar para no 'herir' a quienes piensan de otro modo. Lo que siempre debe ser respetado son las personas, no sus opiniones o sus comportamientos', destaca el reconocido filósofo español, Fernando Savater.

Nunca es tarde para ejercer la tolerancia. No se será más débil, no se claudicarán valores o creencias, se establecerá una comunicación que hasta puede ser capaz de transformarnos en seres capaces de cambiar de opinión, de resignificar experiencias, palabras y acciones.