La hipótesis de Dios


J.M. Fonalleras Escritor y periodista

En el siglo XIV, el emperador bizantino Manuel II consideró que «no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios». Dios actúa con logos, pues, «que significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora». Estas últimas palabras las pronunció Benedicto XVI en aquel célebre discurso del 2006 en la Universidad de Ratisbona, una intervención que fue polémica en extremo por sus referencias al islam. La reflexión del Papa, sin embargo, no se reducía a una confrontación entre religiones, sino que ahondaba en la relación entre ciencia y fe. «La razón misma», añadía el Pontífice, «se impone una limitación a lo que es empíricamente demostrable. Los interrogantes propiamente humanos -de dónde y hacia dónde- no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón descrita por la ciencia». ¿Hasta dónde llega la ciencia? ¿Es la fe un recurso epistemológico que nos permite descubrir aspectos desconocidos?

Nebulosa en Orión 8 ¿Hay un Creador del Universo o el Big-Bang fue solo un fenómeno físico? NASA / EFE

El catedrático de Filosofía Josep M. Terricabras argumenta: «La ciencia tiene límites: los que le impone su propio método de investigación, que consiste en demostrar empíricamente las hipótesis que ayudan a explicar determinados fenómenos, pero no me parece que la fe pueda aportar ningún conocimiento que se niegue a la evidencia positiva de las ciencias experimentales, duras. La fe no es una disciplina ultrasensorial que llega hasta unos límites que no alcanzan las ciencias».

Historia de un desapego

Por su parte, Juan José Tamayo, catedrático de Teología, aporta al diálogo una cita de San Agustín: «A raíz de la polémica sobre el reciente libro de Hawking, me acordé de una afirmación de Agustín de Hipona en un debate entre ciencia y fe: 'La Biblia nos enseña cómo ir al cielo, no cómo es el cielo'. Tenemos aquí las dos fuerzas generales más poderosas que influyen en el ser humano, que parecen situarse la una contra la otra: la fuerza de nuestras intuiciones religiosas y la fuerza de nuestro impulso por las observaciones precisas y las deducciones lógicas».

Los dos coinciden en un referente histórico que marca simbólicamente el desapego podríamos decir que fundacional entre la ciencia, como motor racional de entendimiento del universo, y la creencia en un Dios que justifica la creación y el funcionamiento del mismo. Terricabras se refiere al encuentro entre Pierre-Simon Laplace y Napoleón Bonaparte, a finales del XVIII. «Cuando Napoleón le preguntó, extrañado, sobre el porqué de la ausencia de Dios en el Traité de mécanique céleste del célebre físico y astrónomo, este le respondió: 'Sir, no necesito esa hipótesis'. La ciencia adquiría entonces su mayoría de edad».

El silencio del universo

«Es cierto -dice Tamayo-. Laplace, en su voluminosa obra, no mencionaba ni una vez al creador del universo. No necesitaba esa hipótesis. Entonces, Napoléon dio a conocer la contundente respuesta al matemático Lagrange, quien hizo este comentario: 'Ah, Dios es una bella hipótesis que explica muchas cosas', a lo que Laplace replicó: 'Aunque esa hipótesis pueda explicarlo todo, no permite predecir nada'. Conviene, pues, establecer una debida separación de planos entre ciencia y religión. Me viene a la memoria una definición que Saramago hizo de Dios. Dijo que era el silencio del universo, y que el ser humano era el grito que da sentido a ese silencio. Estoy de acuerdo: creo que decir más sería una falta de respeto para con Dios, se crea o no en su existencia. Y vuelvo a Agustín de Hipona: 'Si comprendes, no es Dios'».

Entender a Dios como algo que va más allá de los parámetros físicos y preguntarse si está presente en la configuración del mundo. O si ese mundo empezó a funcionar, y así sigue, sin la intervención divina. Apostilla Terricabras: «Igual que la fe no puede intervenir en la ciencia, la ciencia no tiene nada que decir sobre la existencia o no de Dios. Muchos creyentes plantean una cruzada de Dios contra la ciencia. Son los que contemplan la ciencia como la enemiga que arrincona a Dios y lo sustituye. También los hay que piensan en un Dios que puso en marcha la capacidad de los humanos para entender la naturaleza y la naturaleza misma. Pero no pueden demostrarlo».

Dos fenómenos sociales

Tamayo arguye que «ciencia y religión han sido históricamente dos fuerzas que han ejercido una extraordinaria influencia en la humanidad, y siguen ejerciéndola. No pueden, por tanto, desconocerse, ni caminar en paralelo, y menos aun entrar en confrontación, ya que cualquiera de esas posturas perjudicaría gravemente la evolución de la humanidad y la naturaleza, a cuyo servicio están ambas».

Les pregunto si un científico puede ser creyente, quizá una pregunta demasiado taxativa, que esconde otra formulación: el conocimiento científico, basado en evidencias, ¿puede desarrollarse con el trasfondo de una creencia en un Dios intangible?

El filósofo responde que «un científico serio siempre responderá a las exigencias del método científico para avanzar en el campo del conocimiento. Para este científico, Dios no puede ser un conocimiento, y tampoco un ultraconocimiento». El teólogo considera que «ciencia y religión son fenómenos sociales o, si se prefiere, sistemas sociales complejos que agrupan experiencias individuales y colectivas y dan lugar a dos tipos de comunidades con sus normas, patrones de comportamiento y códigos de comunicación».

Como dijo Woody Allen, «no solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».