"La mujer goza en espiral; el hombre, en círculo"

Anna Maria Maiolino, que expone su retrospectiva (1960-2010) en la Fundació Tàpies

LLUÍS AMIGUET

Tengo 68 años y dos cosas bien resueltas: la maternidad y el arte. Nací en Calabria: allí tuve horizonte y ya no viví sin él. Tengo una hija y un hijo. El hombre jerarquiza y actúa; la mujer relaciona y crea. ¿Religión? Lo sagrado está en la vida. El arte es curación o decoración

Lo primero que recuerdo son las manos de mi madre acercándome la cara a sus grandes pechos... Yo tenía dos años.

¡Qué memoria!


Mi madre, como las mujeres de entonces, daba de mamar como anticonceptivo: si tenías leche, no te quedabas embarazada. Era mucho más sano y barato que la píldora.


¿Algún otro recuerdo maternal?


Los bombardeos aliados de Calabria. Un día sonaron las sirenas y bajaron todos al refugio. Al caer las primeras bombas, mi abuelo de repente chilló: "¿¿¿Y la pequeña???"... Y volvió corriendo a buscarme, porque me habían dejado allí sola en la cunita.


¿No se enfadó usted?


Éramos diez hermanos: no era tan difícil olvidarse de mí. ¿Sabe que sigo viviendo a mis padres? Todos los vivimos, conscientes ono. No sólo tengo mis 68 años, sino también los 112 que tendría mi madre y los 116 que tendría mi padre. Y celebro sus cumpleaños.


Me conformo con que cuente su vida.

Inmigrantes: al acabar la guerra, Venezuela nos pagó el viaje y allí me eduqué sin patria hasta que a los 18 años colgué mi primer cuadro - está documentado-en una exposición.


¡Qué orgullo para una jovencita!


¡Qué alivio! El arte curó todas mis heridas, porque el arte es curación o es decoración.


¿Qué le dolía?


El ser. Un adolescente necesita desesperadamente una pandilla, un grupo, un país, una identidad. Por eso su máxima aspiración no es ser él, sino ser sólo uno más. Ser normal.


Muchos quieren ser uno más siempre.


Si crecieran, descubrirían que crecer es el doloroso aprendizaje de la soledad que te hace libre; ser tú mismo más allá de patrias y tribus. El arte fue desde entonces mi tribu.

Ya tenía algo.


Mis padres volvieron a emigrar: a Río de Janeiro. Y Barcelona, por cierto, se me antoja un Río ordenado, mesócrata y burgués, pero libre, porque tiene línea del horizonte.


Río no era mal destino.


Y lo aproveché. No me quisieron convalidar nada de mis estudios, pero yo era guapa y tenía muchas ganas de aprender y de vivir...


Ese es el mejor título.


Y me fui de oyente a Bellas Artes. Enseguida encontré allí maestros entre los que conocí a los 22 años al padre de mis hijos, Ruben Guerchman, del nuevo figuracionismo.


Tenía usted prisa.


Todos teníamos prisa. ¡Qué rica era la vida entonces! Todo Brasil bullía de arte y futuro y Oscar Niemeyer edificaba utopías en Brasilia en la promesa de socialismo inteligente, pero a la dictadura ya se la veía venir...


Y vino.


Nos fuimos a Nueva York con los dos niños y allí empecé a leer como lee una mujer...


¿Cómo lee una mujer?


Las mujeres no jerarquizamos, relacionamos. No nos interesa saber quién es más importante ni el mejor ni si da más poder saber esto o lo otro, sino entender la lógica profunda de qué tiene que ver todo con todo.


La sabiduría.


Así que yo leía a los presocráticos y a Vargas Llosa al mismo tiempo y cuidaba a mis niños e iba a las tertulias y los parties sin hablar inglés: en español, como los pobres.


No se aburría usted.


Y escribía poesía.


Venga: dispare un verso a quemarropa.


"Io più tu / corpo più corpo / individualità perduta / nuovo corpo. (1971)".

Gracias.


¡Ah, pero ustedes los hombres hacen sufrir! Van por la vida sembrando su semilla aquí y allá y acullá; cuantas más veces, mejor... Y nosotras luchamos por hacer crecer los frutos. Nos separamos y yo seguí adelante con los niños. No quise su dinero ni el de nadie, porque no eres libre si no ganas tu dinero. Volví a Río y me gané la vida dibujando estampados para fábricas textiles.


Seguro que eran magníficos.


En el 82 vuelvo a Italia y Liberto de Chateaubriand me compra mi Glu glu glu y me quedo allí en estado de shock.


¿Por qué?


Los hombres siguen haciéndome sufrir y yo no tengo dinero. Vagabundeo: leo, escribo, discuto... Tan importante como encerrarse en el taller. Vuelvo a Nueva York, que adoro, y luego a Río, y siempre que vuelvo a Río juro quedarme. Me compro un piso.


¿Con qué dinero?


Si no lo buscas, lo encuentras. Yo encontraba amistad y al final tenía una buena colección de obras que me regalaban amigos artistas, así que las vendí y me compré el piso. Y a los 42 años reencontré un viejo amor.


Estaba usted en lo mejor.


Yo no quería vivir con ese hombre, quería morir a su lado, pero era argentino, porteño, y yo nunca supe dejar que nadie hiciera mi trabajo por mí. No quería que me proveyeran de nada. La creación es femenina - sea hombre o mujer el creador-,pero la acción es masculina y la mujer que actúa fascina y atemoriza al hombre.


Ya veo que volvió a divorciarse.


Él completaba el círculo de su vida, pero las mujeres gozamos y vivimos en espiral; sin cerrar nunca el ciclo: siempre abiertas y creadoras, siempre dando. Amaba a aquel hombre, pero me fui sin despedirme. Necesitaba volver a ver la línea del horizonte.


¿Y...?


El arte macho es el poder o su reflejo grandilocuente; en cambio, para nosotras el arte es diálogo con las pequeñas cosas. Y hablo con ellas desde entonces.