«El placer importa más que la salud»

Ada Parellada

Ha escrito cuatro libros en los que explica cómo comer de forma amena y sana. Enseña a cocinar a niños, colabora con la Conselleria de Salut y dirige su restaurante.

ÀNGELS GALLARDO

–Dicen los investigadores que los niños y adolescentes españoles son los más obesos de Europa.
–Ese es solo el problema dietético más visible, pero no el más grave. La obesidad es un síntoma, la primera alerta. Lo realmente grave es no ir a la raíz del asunto y dar a entender que lo único que nos preocupa es esa enfermedad. Los adolescentes no la ven como un peligro para la salud, sino como una molestia estética.


–¿Y cuál es la raíz del problema?
–La pérdida de hábitos alimentarios. No sentarse a la mesa a la hora de comer. Desconocemos cuántos niños cenan, o cuántos adolescentes comen frente al ordenador, picoteando... Eso es lo más grave. Cuando se cena cualquier cosa, en cualquier sitio y a cualquier hora, se produce una desestructuración de hábitos.



–¿Qué consecuencias tiene?
–Además de una pérdida de salud importante, una pérdida de identidad cultural. Sentarse a la mesa mantiene la salud y es una forma de transmitir conocimientos culinarios, apetencia por cocinar... Si los niños adquieren buenos hábitos alimentarios, todo cambiará.

–¿Y una vez sentados a la mesa?

–Hay que conseguir que siempre haya un primer y un segundo plato. Puede parecer complicado o caprichoso, pero no lo es. El primer drama con que nos enfrentamos al intentar educar es la neofobia: los niños no quieren probar lo nuevo, temen los sabores que no conocen. Ponerse en la boca algo desconocido resulta ser una acción tremendamente peligrosa, un miedo que hay que transformar. Por eso, si el niño te rechaza un primer plato, es importante tener un segundo.


–-¿No es común tomar dos platos?
–En las casas, cada vez menos. Por falta de tiempo y porque se ha perdido la figura de la mestressa que planificaba los menús, iba a la compra, cocinaba, ponía la mesa y defendía lo que había cocinado. Esa figura ha desaparecido, y lo digo dando gracias, que bastante ha costado. El hecho es que las madres jóvenes no tienen habilidades y no saben cómo educar la alimentación de sus hijos.

–Si un niño escucha lo que usted dice, y le pide a su madre que cocine dos platos, ¿qué le dirá ella?
–¡Eso sería fantástico! ¡Lo habríamos conseguido! Nuestra pretensión es educar a los niños para que sean el motor de cambio en las familias. Además de ser la persona con más poder decisorio en casa, es la que tiene más futuro y más ganas de hacer cosas. Es evidente que los niños disponen ahora de muchísimo poder. Y los padres estamos cansados.


–¿Qué opinan de esto las familias?
–En una de mis últimas conferencias, una mujer del público me dijo: «Ya basta de hablar con los niños, no queremos que nos den más trabajo». A mí me encantaría que eso sucediera, aunque también las entiendo.


–¿Qué ocurrirá si los niños aprenden a comer?
–¡Imagínese que los escolares descubren que hay tomates que saben a tomate, y que lo que prueban habitualmente no sabe a nada! Exigirán ese tipo de tomate. Serán selectivos. Nuestra nueva línea de acción es el aprendizaje de los sentidos: que descubran el gusto, el placer.


–Los niños ya saben qué les gusta.

–¿La pizza? Bien, pero no a diario. Hemos de conseguir que les apasionen igual las espinacas. Es decir, que les guste lo que les conviene.

–¿Usted pretende que los niños diseñen su dieta, y que sea sana?

–No, no. Eso es imposible. El objetivo es que desde pequeños les guste comer de todo, el máximo número de alimentos distintos. Y creemos que la vía para conseguirlo es adquiriendo hábitos alimentarios, interés por cocinar y placer con lo que comen.

–¿Es importante saber cocinar?
--No. Lo fundamental es el placer. El placer importa más que la salud. La elección de un alimento se decide, en primer lugar, por placer, después por comodidad y finalmente por salud. «Te gustará mucho, lo harás en un minuto y te aportará muchos nutrientes», dice un anuncio. La industria alimentaria ya ha descubierto este orden.



–¿Tener buena salud no motiva a alimentarse bien?
–No es un factor prioritario, ni en niños ni en adultos. Un niño comerá un día lechuga porque le has dicho que contiene muchas vitaminas y fibra. Pero no repetirá. No entiende el concepto de fibra, y menos eso de que así irá bien al váter. Él ya va al váter y, además, se siente muy bien. Si le dices que así previene el cáncer de colon, te mirará con estupefacción. Le sonará a cosas del abuelo y pensará: «Ya la comeré cuando sea abuelo». Es decir, por esa vía, no.

–¿Cómo se logra que un niño sienta placer por las espinacas?

--Sirviéndolas, bien hechas, el domingo al mediodía, cuando la familia está reunida y la comida va acompañada de vino en porrón, sobremesa, alegría... Así, las espinacas desaparecerán del plato. El placer y el gusto van asociados al buen rollo.