Oliver Sacks investiga en su último libro el poder curativo de la música

El científico opina que escuchar a los pacientes «debería estar en el corazón de la medicina»

El neurólogo británico explora en ‘Musicofilia’ el lugar que ocupa la melodía en nuestro cerebro


Desde las ventanas del apartamento de Oliver Sacks en el West Village solía verse el diner que Edward Hopper retrató en uno de sus cuadros más emblemáticos, Nighthawks. Ahora, el encanto ha desaparecido. Una mole de negros cristales se está elevando, quitando las vistas al eminente neurólogo británico de 75 años que hace ya más de 40 hizo de Nueva York su ciudad. Pero no es lo «espantoso» del edificio lo que más le molesta. Es el ruido incesante de la construcción.

El martilleo podría volver loco a cualquiera. Y si alguien lo sabe es Sacks. Su último libro, Musicofilia, publicado por Anagrama, es una exploración del lugar que ocupa en el cerebro la música, «capaz de evocar y expresar emociones y estados mentales que van más allá del lenguaje». Investiga su poder sanador y sus manifestaciones en casos de lesiones o enfermedades. Y con decenas de historias de pacientes y propias, el autor de Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero abre otra apasionante puerta a los misterios del más perfecto, complejo y enigmático órgano humano.

LA CIENCIA NECESITA IR MÁS LEJOS / «La ciencia del cerebro ha cambiado de forma increíble en los últimos 50 años, sobre todo en los últimos 20 o 30», cuenta Sacks. «Podemos ver cómo el cerebro responde a la música, qué pasa al tomar decisiones, qué ocurre en momentos de intensa actividad, de una forma inimaginable no hace tanto. Ahora queda superar el vacío que hay entre los escáneres a gran escala y las neuronas aisladas, necesitamos algo en medio que permita estudiar la actividad de un grupo de 1.000 neuronas y de un millón de esos grupos simultáneamente. Algo así es necesario para estudiar la fisología del pensamiento, de la imaginación. Y la ciencia necesita ir lo más lejos posible», asegura.

Un piano de 1894 ocupa una parte de un salón donde los reyes son los libros y donde quedan claras algunas de sus pasiones. Los cojines del sofá tienen tablas químicas y la mesita está llena de minerales. Sobre una de las butacas, un peluche de un calamar (el mismo animal que luce en una cómica camiseta el neurólogo). Y es que tratar de reducir a Sacks a un concepto es imposible.

Hace unos años, la Universidad de Columbia inauguró con él un nuevo puesto de artista oficial del campus. Y si hoy se le pregunta a Sacks si es científico o artista dice: «Un poco de los dos, como creo que tiene que ser». Recuerda entonces como hace 40 años topó con un libro del neurólogo soviético A.R. Luria. Llevaba leídas 30 páginas, convencido de que era una novela, cuando se percató de que era un estudio de un caso, uno de los más detallados que ha leído nunca, pero con estilo, sensibilidad y drama. «Me gusta pensar que en medicina es posible combinar ese sentido novelístico sobre qué es una vida y una persona impactada por una enfermedad o experiencia con un análisis científico de lo que está pasándole», dice Sacks, que huye de la distinción entre escritura popular y académica y ha hecho de la empatía con sus pacientes seña de identidad.

Ve pocos ahora, aunque pasa horas cada día respondiendo correspondencia llegada desde todos los rincones del mundo. Pero con los que ve pasa mucho tiempo, porque está convencido de que «escuchar debería estar en el corazón de la medicina». Y su convencimiento se ha intensificado ahora que un melanoma le ha colocado en el extremo no deseado de la ecuación, permitiéndole comprobar que «uno de los principales problemas es la falta de comunicación entre médicos y enfermos». Oliver Sacks admite sentir «apasionado descreimiento en todo lo supernatural», un terreno que le enfada «porque puede distraer a la gente de la maravilla de lo natural». Y llega con los recuerdos a uno de los cursos que tomó en Oxford, titulado PPP (por las iniciales en ingles de filosofía, psciología y fisiología). «Quizá se están uniendo ahora –reflexiona—. Y aunque ciencia y filosofía son enfoques y perspectivas diferentes, deben aprender mutuamente. Los filósofos deben entrar en el laboratorio y los científicos tienen que hacerse más doctos en filosofía».

Tiene en marcha dos libros más. El primero tratará sobre fenómenos y alucinaciones visuales. El siguiente, sobre la memoria y la imaginación . «No sé cómo saldrá, pero siento que estoy recorriendo un camino hacia niveles más y más altos».