REFLEXIÓN DE "INSPIRACIÓN CRISTIANA" SOBRE LA CRISIS ECONÓMICA

Autor : Luis de Sebastián

La crisis económica en la que estamos inmersos no es más que la consecuencia lógica y previsible del funcionamiento de un sistema económico muy poderoso dejado a la dirección y albur de unos cuantos financieros que se afanaban con tanta técnica como ahínco en ganar la mayor cantidad de dinero posible, sin ninguna consideración de las consecuencias no intencionadas de su proceder (“daños colaterales”), ni miramiento alguno a posibles perjuicios a otras personas, instituciones y la sociedad en general.

La explicación más sencilla, la de la mayoría de la gente, incluyendo a muchos académicos, políticos y defensores del sistema, echa la culpa del problema que desencadenó la crisis (la siembra de riesgo excesivo en los sistemas financieros del mundo) al egoísmo y codicia de unos cuantos profesionales —directivos y ejecutivos— de algunas empresas financieras. De esa manera se identifica a los “culpables” y su codicia ha sido puesta en la picota. También se han expuesto a la vergüenza e indignación públicas los fabulosos premios monetarios que consiguieron con su actividad. Para simplificar, el problema lo han causado unos sinvergüenzas. No hay más que buscar. En el futuro habrá que tener más cuidado con la actuación de estas y semejantes personas.

Sin embargo, desde un punto de vista ético, que coincidirá mucho con un análisis de la situación desde el Evangelio, habrá que hacerse algunas preguntas adicionales. Por ejemplo:

¿Cómo ha sido posible que unas cuantas personas, digamos unas 20.000, para no quedarnos cortos, hayan causado unas pérdidas tan enormes a la economía (que por ahora se estiman en tres billones de euros) y hayan afectado de una manera tan salvaje a la producción y al empleo en todos los países del mundo? Y además: ¿Qué poder tenían en sus manos esas personas para causar semejantes destrozos?

¿Qué han hecho las autoridades y las instituciones encargadas de vigilar la estabilidad de las monedas, el empleo y el desarrollo de los países pobres, mientras se sembraban de riesgos inmanejables las economías de todo el mundo?

Y si nos responden que las autoridades e instituciones encargadas de vigilar y advertir de los riesgos internacionales no hicieron nada porque no veían nada malo en la actuación de los financieros, y porque creían que éstos actuaban según las reglas del juego de la innovación y la competencia financiera, entonces se nos traslada la atención a esas reglas del juego, al juego mismo y al sistema que lo hace posible Y así acabamos cuestionando el sistema mismo que permite, como cosa normal, que se generen y se esparzan por el mundo unos riesgos mortales, unos activos tóxicos que han perjudicado primero a las propias instituciones financieras que los crearon, luego a los bancos y otras instituciones que los adquirieron, para acabar creando enormes problemas a todas las economías del mundo —por eso es la primera gran crisis de la globalización— y sobre todo, como pasa siempre, a los “condenados de la tierra”.

ORIGEN DE LA CRISIS

Para explicar a los lectores de ÉXODO, muchos de los cuales no estarán familiarizados con la economía, el origen de la crisis, voy a emplear un cuento o parábola que ya he usado otras veces para explicar qué son y cómo se han extendido por el mundo esos “activos tóxicos” (un neologismo de este verano) que envenenan lo que tocan.

Una persona recibió de un amigo en pago de un favor una lata de conservas sin etiqueta alguna, la cual, sin embargo, llevaba sobre el desnudo metal tres A marcadas con tinta china. Esa triple A, le dijo el primero, indica que el contenido es de primera calidad, y que puedes vender la lata por lo que le puedas sacar. La persona, que no podía desconfiar de su amigo, creyó que tenía algo valioso en sus manos. Cuando más tarde necesitó comprarse un traje, fue al sastre y le convenció de que su lata de conservas valía tanto como el traje porque tenía tres A, y le instó a que se lo aceptara a cambio del traje. El sastre, que no podía dudar de la palabra de su cliente, le aceptó encantado la lata. Éste a su vez se la dio en pago al dentista y el dentista al economista que le había hecho un estudio de factibilidad para una consulta nueva. El economista, hombre desconfiado por naturaleza, decidió abrir la lata de conservas y averiguar si su contenido era tan valioso como decían. Para su sorpresa se encontró que la lata contenía un canto rodado, un trozo de papel de estraza y una raspa de sardina. Era una lata de basura. El economista pidió al dentista que le pagara el estudio, el dentista al sastre que le pagara el empaste, el sastre al amigo que le pagara el traje y el amigo a su amigo que le pagara el favor. La lata había servido para pagar bienes y servicios por un valor de unos cinco mil euros. La persona que puso en circulación la lata no los tenía, y cuando se lo reclamaron, tuvo que ser declarada en quiebra.

Esta historieta nos explica muy simplificadamente la historia verdadera de las hipotecas “subprime” (de clase inferior, o basura). Bancos y agentes hipotecarios empaquetaron en un producto financiero, que llamaron “cédulas de inversión hipotecaria”, participaciones en los ingresos de hipotecas, deudas comerciales y otros activos, que daban un rendimiento superior al normal, porque su riesgo (el riesgo de que no se pagaran las deudas) también era superior al normal. De esta manera los “empaquetadores” se cubrieron del riesgo, consiguieron de las mejores agencias de rating las notas más altas, triples A, y se dedicaron a vender el paquete a otros bancos, compañías de seguros, fondos de inversión, fondos de pensiones, empresas y otros inversores institucionales. Todos contaron estos paquetes como activos de calidad. Muchos de los que compraron el paquete no sabían lo que contenía, ni cuál era el grado de riesgo de esos activos. Rendían algo más que la media, así que los compradores estaban encantados.

Cuando fallaron las hipotecas (que equivale al momento de abrir la lata de conservas), se vio que los paquetes contenían basura, que en realidad eran “activos tóxicos” que intoxicaban (quitaban valor) a los balances de las instituciones financieras que los poseían. De ahí nació la desconfianza. Ya nadie quería esos paquetes, porque no sabían lo que contenían. Peor aún, los bancos dejaron de fiarse unos de otros. Así comienza el credit crunch (el racionamiento de crédito, podríamos traducir) en que estamos, al que los gobiernos están dedicando enormes cantidades de dinero para que no se pare del todo el flujo de dinero a las empresas. Habrá que ver si el dinero que ofrecen los gobiernos irá realmente a las empresas en forma de créditos, o más bien se quedarán en los bancos para acumular reservas para días peores. El problema es que este flujo de dinero a las empresas es tan vital para la economía como el de la sangre al cuerpo humano, porque sin circulación no hay vida. Esa es la trampa ética que contienen las medidas de rescate de los bancos. Se argumenta que, si no se ayuda a los bancos con dinero público (el Estado no tiene otro), los daños que se seguirían a la sociedad en general de la quiebra de los bancos resultarían mayores. Esto puede ser verdad en algunas circunstancias. De ahí el dilema ético: ¿cuál de las dos alternativas seria peor: socializar las pérdidas de unos bancos codiciosos e imprudentes o dejar que se “seque” la economía y se produzca un desempleo enorme? Lógicamente, el dilema, que es muy real, delata lo ilógico, irracional e inhumano que ha llegado a ser el funcionamiento del sistema económico que tenemos. Pero, ¿es sólo el funcionamiento y no el sistema mismo? Más adelante enfrentamos esta cuestión.

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